Aquí se recogen los mejores artículos del gran ENRIC GONZÁLEZ en El País, así como todo lo que pueda robar a quien quiera que haga algo parecido al arte escribiendo sobre fútbol. JM Román 2004

lunes, octubre 19, 2009

LOS OSCUROS por Enric González

Al cronista, gracias por todo.


Luciano Ligabue, un polifacético artista italiano, dedicó un himno, Una vita da mediano, al futbolista que se quema los pulmones en la misión más oscura: cortar balones, darlos pronto, ser generoso, "siempre ahí, ahí en el medio, mientras te quede algo estás ahí". El calcio no está hecho para mediocentros imperiales, sino para medianos. El nombre lo dice todo.

Entre los grandes profesionales de la oscuridad costaría encontrar a alguien más sacrificado que Beppe Baresi. Tuvo que sospechar algo el día que acudió con su hermano, ambos chavalines, a hacer una prueba en el Inter. No hay una institución futbolística con peor ojo clínico que el Inter. Y ese día eligió quedarse con Beppe. Al hermano pequeño, Franco, no se le vio virtud alguna. Franco Baresi lo intentó con el otro equipo de la ciudad, el Milan, y el resto es conocido.

Los dos Baresi tuvieron carreras largas y, en cierto sentido, comparables. Beppe jugó 559 partidos de Liga; Franco, 532. Beppe marcó 13 goles; Franco, 16. Pero todo el mundo recuerda a Franco Baresi, el jefe de la defensa del mejor Milan de la historia, mientras sólo los interistas y unos cuantos eruditos pueden evocar la estampa de Beppe, un mediano tan esforzado y tan modesto que no idolatraba a Maradona o Platini, ni siquiera a su hermano Franco, sino a Oriali, su antecesor en la medianía interista. Por precisar, Oriali fue el tipo para quien Ligabue compuso Una vita da mediano.

No hace falta jugar de mediano para llevar una vida de futbolista mediano. Georg Schwarzenbeck, central del Bayern y de la selección alemana, autor de aquel gol terrible que en 1974 privó al Atlético del máximo trofeo europeo, no era especialmente talentoso, pero hubo pocos defensas más eficaces en su tiempo. Beckenbauer le eligió como guardaespaldas sobre el césped y eso le obligó a pasar por un tipo feo, tosco, brutal y sin ideas. Lo aceptó tranquilamente. Había sido impresor en su juventud (ahora tiene una papelería) y utilizaba un símil del oficio: "Beckenbauer podía haber trabajado toda la jornada en una imprenta sin mancharse los dedos de tinta; a mí, en cambio, me bastaba mirar la rotativa para pringarme".

Incluso los futbolistas más brillantes pueden acabar languideciendo en la oscuridad típica del mediano. ¿Recuerdan a Piet Keizer? Un genio de la banda izquierda, quizá sólo superado por George Best. Keizer fue la estrella del primer gran Ajax, el equipo que surgió de una Liga provinciana para asombrar al mundo. Junto a Cruyff compuso un dúo sensacional. Era vago e intermitente: le bastaban unos cuantos minutos para crear unas cuantas maravillas y unos cuantos goles. También era modesto. Acabó peleado con Cruyff y eso facilitó el sonado traspaso del holandés volador al Barcelona. Cuando le llegó el momento de brillar en solitario, Keizer se dio cuenta de que ya era viejo. Y se retiró sin añoranzas. Para la gran historia queda sólo Johan Cruyff.

Debe de ser fatal sufrir la oscuridad de la medianía sin tener carácter de mediano y trabajando además en un lugar tan visible como la portería. Algo así le ocurre a Víctor Valdés. Hay pocos guardametas tan precisos en la salida y tan adecuados para el fútbol moderno. Para su mal, Valdés ha coincidido en el tiempo con Casillas, un tipo de agilidad sobrehumana y facilidad para los milagros. Es posible que Valdés nunca llegue a debutar con la selección española. Y, sin embargo, entre un portero que atrae sus defensas hacia el área, como Casillas, y uno que los empuja hacia delante, como Valdés, habría mucho que discutir.

En fin, este cronista lleva unos cuantos años, seis o siete, escribiendo regularmente en las páginas de Deportes. Pese a ello, han seguido siendo, en general, las páginas mejor escritas del periódico. Ha sido un honor firmar junto a los mejores profesionales del género, pero no conviene abusar. El cronista se toma una pausa, más o menos larga. Gracias por la paciencia. Hasta luego.

lunes, octubre 05, 2009

UNA TEORÍA SOBRE MOURINHO por Enric González

Marinus Michels es, se supone, la unidad de medida. Hay muchos otros grandes técnicos, y algunos de ellos han ganado más trofeos que Michels. Pero el viejo tacaño holandés, el hombre a quien nunca vio jamás la billetera, fue elegido el mejor entrenador del siglo XX por la FIFA, y eso es algo. Hacia finales de los 60, al frente del Ajax, Michels estableció el canon del fútbol moderno, y eso es mucho.

Michels no fue un futbolista excelso, sino un delantero obstinado y peleón. En la posguerra holandesa no existía el fútbol profesional, y el Ajax, su equipo, era una peña de aficionados. ¿Tiene importancia la experiencia como jugador? A juzgar por Maradona, no. Algunos grandes entrenadores han sido grandes futbolistas, y ahí están Cruyff o Guardiola. Otros, como Arrigo Sacchi, no tocaron un balón antes de sentarse en el banquillo. Suele sospecharse que quienes no jugaron o fueron futbolistas muy mediocres (el citado Sacchi o Benítez) tienden al pizarreo, al hipercontrol táctico y al resultadismo; Wenger, que fue un futbolista discretísimo, desmiente la sospecha.

Michels era de carácter autoritario. También lo fueron o lo son Ferguson, Beckenbauer o Lattek, y, a su manera, Cruyff. Michels era pragmático y consideraba que en el fútbol hay que enfangarse cuando conviene: "El fútbol profesional se parece a una guerra: quien se comporta con demasiada limpieza está perdido".

Michels prestaba una gran atención a la cantera y a la gestión de la plantilla. Pensaba que era importante equilibrar fuerza y técnica en el equipo, defensa y ataque, pero le daba la misma importancia a las cuestiones psicológicas. En ese aspecto, era casi tan eficaz como Helenio Herrera, que inventaba tormentas para que descargaran sobre él y no hubiera presión sobre los futbolistas, o, a su manera brutal, Fabio Capello.

Durante mucho tiempo, pensé que José Mourinho reunía las características que definen a un gran técnico: carácter, pragmatismo, capacidad para la gestión técnica y humana. Mourinho empezó a estudiar fútbol desde niño: su padre fue un buen portero y luego, cuando empezó a entrenar, tuvo a su lado al pequeño José; su tío fue presidente del Vitoria de Setúbal, y José pudo aprender de él los aspectos políticos y económicos del fútbol. Luego trabajó como ayudante de Robson, que no era un mal maestro, en el Sporting de Lisboa, el Oporto y el Barcelona, donde tuvo también ocasión de familiarizarse con Van Gaal y su libreta.

Cuando se estableció por su cuenta, obtuvo éxitos grandiosos con el Oporto y ganó dos veces la Liga inglesa con el Chelsea. Ahora es campeón de la Liga italiana con el Inter. Se trata de un historial más que respetable.

Dicen que es resultadista, pero también lo dicen de Fabio Capello, un tipo que al menos una vez, en una final de la Liga de Campeones ganada 4-0 al dream team de Cruyff, demostró ser algo más que eso. Todos los grandes técnicos han creado fútbol brillante, del que no se olvida. Mourinho, no. Aunque dirigió un gran Oporto y un Chelsea solvente, su fútbol nunca ha dejado poso en la memoria. Es el único entre los supuestamente grandes técnicos de hoy (gana nueve millones anuales en el Inter) que no lo ha conseguido.

Ahora creo que a Mourinho le falta algo esencial. Mi teoría es que lo sabe todo sobre el fútbol, pero no sabe que es un juego. Y, por tanto, no sabe disfrutarlo

lunes, septiembre 21, 2009

LAS OPINIONES DE SACCHI por Enric González


Empecemos confesando: estoy de acuerdo con Arrigo Sacchi, el entrenador más pelmazo de todos los tiempos. Estoy de acuerdo en lo que dice sobre Ibrahimovic. Creo, como él, que el delantero sueco es fuerte con los débiles y débil con los fuertes. Tal vez haya cambiado. Tal vez el Ibrahimovic de ahora no sea ya el que jugó con el Juventus y el Inter, y consiguió poner de acuerdo a dos vestuarios rivales y a dos aficiones tradicionalmente enfrentadas. Ni en Turín ni en Milán se le guarda cariño, y no porque se fuera de mala manera: en realidad, la gente prefirió que se largara. Como digo, es posible que Ibra haya madurado y en el Barça funcione porque, por primera vez en su vida, ahí no pueda sentirse el más chulo de la clase. Veremos.

Sospecho que Guardiola no vio en él un simple recurso humano. Sospecho que, junto a todas las justificaciones técnicas y tácticas, en su fichaje influyó una poderosa ensoñación estética. Ibra pasó por el Ajax, uno de los mitos de la escuela barcelonista; según se le mire, podría parecerse a un joven Cruyff atiborrado a hormonas de crecimiento y anabolizantes, con lo que entramos en un territorio aún más mítico; y, por su altura física y la elegancia prodigiosa de algunos de sus goles, evoca a Marco van Basten, prototipo del ariete con clase para cualquiera que, como Guardiola, haya crecido con el fútbol de los ochenta.

Ibrahimovic, es cierto, puede hacer cosas imposibles. Puede marcar de tacón desde el córner o puede colocarla en la escuadra desde la otra área. Algunos de sus goles quedarán para siempre. El año pasado logró uno portentoso contra el Bolonia: es fácil encontrarlo en la red, igual que aquel tan célebre que marcó en 2004 al Breda. Vale la pena notar que eran el Bolonia y el Breda, dos equipos más bien modestos.

Por otro lado, es casi un seguro de éxito en la Liga. Ha ganado las seis últimas competiciones ligueras italianas, con la Juve o con el Inter. Esos campeonatos, en Italia y en España, se ganan no fallando los partidos teóricamente fáciles, contra rivales teóricamente inferiores; en ese terreno, en el de los enfrentamientos contra teóricos fáciles e inferiores, Ibrahimovic es de una contundencia abrumadora.

El otro Ibrahimovic, el problemático, aparece con las dificultades. Hasta ahora, ha ofrecido su peor cara, la que le recuerda Sacchi (y le recuerdo yo) en las eliminatorias europeas más complicadas. Ahí, el Ibrahimovic ganador se molesta si no gana, y se enfada: con el contrario, porque le atosiga; con el compañero, porque no le pasa el balón en el momento adecuado y en el punto justo; con el técnico, porque le dice algo; con el público, porque estorba; con el árbitro, porque se equivoca. Y acaba anulándose a sí mismo.

Es posible, ya digo, que haya cambiado. Es posible que el Barcelona rentabilice la inversión, y que Ibrahimovic dé la talla en el momento crucial. Es posible que tenga que tragarme mis sospechas y mis opiniones, y eso tendría al menos una ventaja: ya no estaría de acuerdo en nada con Arrigo Sacchi.

lunes, septiembre 14, 2009

LA BIBLIA LEVANTINISTA por Enric González

La desgracia es un gran estímulo literario: a veces estamos tan mal que sólo nos queda nuestra historia, y necesitamos contarla. La Biblia, por ejemplo, se escribió a golpes de cataclismo. La idea de redactar una biografía de Dios, del mundo y del pueblo judío surgió hace unos 28 siglos; como suele ocurrir con las buenas ideas, no fue una sola persona quien la puso en práctica: en el reino de Israel apareció un libro, y en el reino de Judá, otro. Contaban más o menos lo mismo, pero lo contaban de manera diferente. Unos siglos más tarde, tras la desaparición de Israel por conquista asiria, un editor en Judá decidió crear un relato único e hizo un gran trabajo recortando y pegando. Cualquier lector del Génesis nota que ahí hay dos historias entrelazadas, que no coinciden ni en el nombre de Dios: Yahvé en un caso, Elohim en otro.

Luego, cuando Judá también se hundía por la presión babilonia y egipcia y los judíos atravesaban un momento pésimo, alguien decidió mantener viva la esperanza contando la historia por tercera vez: el Deuteronomio. E hizo que el texto, supuestamente antiquísimo (había que atribuir la obra, como las otras, a Moisés), apareciera milagrosamente en los sótanos de un palacio.
Lo de la desgracia y las letras (y lo de las dos historias entrelazadas) se repite ahora en el Levante, que esta semana ha cumplido 100 años. Hay algo judaico en el fenómeno granota: son pocos, no tienen la historia más gloriosa del fútbol mundial (sólo han asomado la cabeza por Primera de vez en cuando), pasan por un presente más bien apretado (la sociedad está intervenida) y ante ellos se dibuja un futuro tan difícil como el pasado. Pero en materia de letras no hay quien les gane.

El propio club patrocina, con ocasión del centenario, varios libros "oficiales" sobre el levantinismo. Y un grupo de escribas, coordinado por Felip Bens y José Luis García Nieves, acaba de publicar una pieza fabulosa, casi bíblica por alcance y por tamaño: ronda las 800 páginas y se trata sólo de un primer tomo, que abarca la historia del fútbol valenciano y del Levante desde fines del siglo XIX hasta 1922. Dudo que exista algo igual referido a cualquier otra institución futbolística, incluyendo las más gloriosas.

Según la biblia levantinista, el Levante, como el Génesis, surge de dos tradiciones muy distintas. La del Levante FC, fundado por el catedrático socialista José Ballester Gozalvo, alto cargo de la República y luego exiliado en Francia, con un evidente tono laico y progresista y con camiseta blanquinegra; y la del Gimnàstic, fundado por los jesuitas del Patronato de la Juventud Obrera con los colores azulgrana y con el propósito de entretener a los chicos y evitar que se acercaran a la ideología de personas como Ballester Gozalvo.

De la fusión de ambos clubes, el laicista y el católico, en 1940 (la biblia no ha llegado aún a ese punto), surgió el Levante de hoy.

Cabe desear que la gente granota no se enfrente, como ocurrió con los judíos, a 2.000 años de exilio. Si así fuera, al menos podrían aprovechar el par de milenios para leer la historia de su primer siglo.

sábado, septiembre 12, 2009

EN BUSCA DEL EQUIPO PERFECTO por Enrique Vila-Matas



Este verano puse el vídeo de la final de Champions y fui viendo y analizando el partido sin el nerviosismo del día en que lo vi en directo. Era consciente de que no iba a poder leer la final exactamente como imaginaba que en su momento había podido hacerlo Guardiola, del mismo modo que nunca podré leer entero un artículo mío imaginando que soy Guardiola y lo estoy leyendo. Y sin embargo, hacia la mitad de la primera parte, durante unos breves y extraños segundos, me pareció leer las pequeñas carencias esenciales que el entrenador, a pesar de ir ganando, pudo detectar en el Barça. Recuerdo que, después de cruzar por aquellos extraños segundos guardiolanos, tuve bien claro que, por ejemplo, también yo habría fichado a Ibrahimovic y Chigrinski para esta temporada. Y no porque tengan unos apellidos fascinantes, que los tienen -deberían prohibir a los futbolistas llamarse Pepe y otras soserías por el estilo-, sino porque puede que uno y otro perfeccionen la excelente alineación que ganó al Manchester.

Ver un partido del Barça sin estar pendiente del resultado me permitió ver, por ejemplo, que Guardiola ha logrado la perogrullada de que Messi sea el mejor jugador del mundo porque juega en el mejor equipo del mundo, y no al revés; lo hace, además, en el equipo en el que ha estado desde niño, quedando por ver si en todos los demás frentes puede brillar así, véase si no su reciente fracaso con la selección argentina ante Brasil. Y pude también confirmar que, en compañía de otros tres genios (Cesc, Lampard y Gerrard), Xavi e Iniesta son los mejores centrocampistas del fútbol actual. Y que Valdés es el mejor portero que puede tener este equipo y que fue una barbaridad que la temporada pasada algunos insinuaran cambiarlo por Reina o por Diego López, notablemente inferiores a él.

Observé también, desde el primer momento, que Eto'o, sin la alta virtuosidad técnica de sus compañeros y convertido en reiterado impedimento serio para el trenzado de ciertas jugadas, cortaba las combinaciones de su equipo en el centro del campo. Ya sé que es un gran jugador y que el socio barcelonista, en su vertiente llorona y sentimental, lo añorará siempre. Pero en esa final, como venía ocurriendo en tantos partidos de la temporada, apareció sólo realmente en el minuto en que para sorpresa de todos marcó su gol, dio el zarpazo que seguramente decidió el partido, lo que no es poco. Ciertamente no es poco, pero también es verdad que después de ser decisivo se diluyó en correteos incordiantes para todos, no sólo para los centrales del Manchester. Sólo alguien como Guardiola podía decidirse a ser tan decisorio y decisivo como Eto'o, y días después decidir que era mejor abrirle la puerta a este gran jugador y salir en busca de nuevos inventos. De Ibrahimovic, por ejemplo, tan discutido por los socios llorones, pero que en cualquier momento puede empezar a recordarnos a Van Basten. Y no hay que olvidar que Guardiola siempre ha tenido en su punto de vista como modelo al gran Milan de Sacchi, Baresi y Van Basten.

En cuanto a los dos centrales del Manchester, sucedió con ellos algo sorprendente. Antes de la final de Roma estaban considerados como la pareja de defensores mejor del mundo. Pero dejaron de serlo cuando empezó a verse que, a diferencia de los del Barça, eran incapaces de salir con la pelota controlada. Y es más, se vio que el desequilibrio entre los centrales de uno y otro equipo -Piqué y Touré, a diferencia de los ingleses, siempre penetrando en las líneas defensivas rivales- era también decisivo para la superioridad blaugrana. Por otra parte, es posible que de haber jugado Puyol de central -lo hizo de lateral en sustitución de Alves-, el Barça no hubiera contado, en el sentido ofensivo, con la eficacia del improvisado central que fue Touré. Es fácil entender en este contexto por qué interesa a Guardiola un jugador como Chigrinski, que reúne en él solo las mejores cualidades atacantes de Márquez y Piqué. Queda finalmente la cuestión de Henry, que jugó a gran altura la temporada pasada, pero que, por edad y posible relajamiento, ofrece dudas para el porvenir. Ya en Roma fue un leve lastre, aunque lo fue porque salía de una lesión. Laporta ha asegurado haberle dado a Guardiola todo lo que ha solicitado y no espera que éste le desmienta, pero todos recordamos que pidió a Ribéry y que éste no ha llegado porque quien tendría que haber trabajado tanto o más que el entrenador no fue lo suficientemente diligente para prever -o soñar al menos- los retoques que este año eran necesarios para seguir en busca del imposible equipo perfecto.
Enrique Vila-Matas es escritor

lunes, agosto 10, 2009

MEMORIA por Enric González


La tragedia de Dani Jarque nos hiere a todos. Tengamos presente, sin embargo, que a quien destroza es a su familia y a sus amigos personales. A los demás el dolor se nos convertirá pronto en una emotiva bandera. A ellos, no. A ellos les dolerá de por vida.

¿Qué hará la otra familia de Jarque, la que se une bajo la bandera blanquiazul? Recordaremos. Y, cuando muramos nosotros, otros seguirán recordando. No tenemos el don de la buena fortuna, pero sí el de la memoria. Esencialmente, somos eso, memoria.

El Espanyol no se alimenta de triunfos y temporadas gloriosas. Más bien al contrario. En los últimos 50 años, los que he cumplido, hemos ganado dos copas, dos momentos dulces. Frente a eso, una montaña de angustias: dos finales de la UEFA perdidas en los penaltis, cuatro descensos, varias agonías de final de temporada, la demolición de Sarrià, el exilio en Montjuïc. Y otro agosto negro, el de 1995, cuando murió Fernando Lara, vicepresidente y alma empresarial del club.
No nos olvidamos de las desgracias. Quizá por eso, pese a todo, el Espanyol sobrevive. La familia se ha forjado en la adversidad y el haber salido juntos de tantos apuros nos une más que cualquier título. De ahí que fuera difícil, el pasado día 2, contener las lágrimas al descubrir el nuevo estadio: era como llegar a la playa tras un naufragio y evocar a los que habían desaparecido, a los que ya no estaban para gozar del gran momento. Teníamos casa de nuevo y empezábamos una nueva vida, con más socios y más esperanzas que nunca. Teníamos un capitán recién estrenado en el que nos reconocíamos.

No sé si el nuevo estadio llevará el nombre del capitán muerto. No sé si se le dedicará un monumento, una tribuna o una simple placa. Eso no es lo más importante. Nunca lo ha sido en esta familia de memoriosos. Desde Ángel Rodríguez, los hermanos De la Riva, Ricardo Zamora y Julián Arcas hasta hoy, nadie ha quedado en el olvido.

Vista desde fuera, acaso la muerte de Jarque se convierta en un simple pasaje amargo o en otra de las desgracias espanyolistas. Desde dentro no se verá así. Pasará el dolor y quedará la imagen de un rostro joven y sonriente unido a un nuevo estadio y una nueva época. Quedará en el Espanyol como un mito fundacional. Y quedará su historia, que seguirá contándose como se cuentan la del Indio Abdón Porte, la del Gran Torino desaparecido en Superga, la del accidente del Manchester, la de Gigi Meroni. Jarque fue el capitán que inauguró el estadio de los sueños y murió días después, solo, en una habitación de hotel, mientras hablaba por teléfono con su mujer encinta.

Somos el Espanyol, nunca olvidamos nada. Pero algo así... ¿Quién podría olvidar algo así?

Enric González es el socio número 3.696 del Espanyol.

miércoles, agosto 05, 2009

ROBSON, PASIÓN POR EL BALÓN Y LA VIDA por John Carlin


En julio de 1995, cuando entrenaba al Oporto, a Bobby Robson (Langley Park, Inglaterra; 1933) le diagnosticaron un tumor maligno en el cerebro. El especialista del hospital Royal Marsden, de Londres, le explicó todos los detalles de la compleja operación a la que se tendría que someter. Cortarían por encima del labio superior, alrededor de la nariz; abrirían un agujero en el paladar y, si todo iba bien, le extraerían un trozo de tejido canceroso del tamaño de una pelota de golf.

Su esposa, Elsie, me contó que la respuesta de Robson fue: "Vale. ¿Cuándo podré volver a trabajar?". El médico no dijo nada, recordó Elsie Robson. Le miró, boquiabierto. Había explicado el temible procedimiento a sus pacientes muchas veces, pero nadie había respondido con tan seca tranquilidad. El médico sabía además que, después de semejante operación, uno no se recupera lo suficiente para volver a hacer una vida normal. Pero Robson era un hombre fuera de lo común. Pasado un mes, ya estaba hablando por teléfono mañana y noche, planeando la temporada entrante. En noviembre volvió al trabajo, seis meses después conquistó el campeonato portugués y en la temporada siguiente, la de 1996-97, ganó tres trofeos con el Barcelona de Ronaldo: Recopa, Copa del Rey y Supercopa de España.

Bobby Robson, que murió el viernes pasado, a los 76 años, tras perder la última de sus cinco batallas contra el cáncer, elevó el concepto loco por el fútbol a una categoría desconocida. "Es mi droga, es mi vida", decía Robson, que ejerció como profesional durante 60 años, que jugó para la selección inglesa y después la entrenó, que ganó títulos en cuatro países. Vivía un partidillo de entrenamiento, seis contra seis en un campo reducido, con la misma intensidad que una final; veía todo el fútbol que podía en televisión, todas las Ligas de todos los países, y trataba a sus jugadores como si fueran sus hijos. Cuando estaba en el Barcelona, no se cansaba de hablar del talento puro de Ronaldo o de la tenacidad de Luis Enrique, en cuya dedicación al trabajo Robson veía un fiel reflejo de la suya. "I love Luis Enrique", me dijo una vez; "I love him!" ["¡adoro a Luis Enrique, le adoro!"].

Pero Robson no sólo amaba el fútbol. Amaba la vida. Vivía cada día, cada hora, cada minuto con el más puro entusiasmo, como un niño con un juguete nuevo, en un estado de permanente excitación. Estuve una mañana paseando con él en Sitges, el pueblo en el que vivió cuando entrenaba al Barcelona. Cualquiera que nos hubiera visto habría pensado que él trabajaba para una inmobiliaria y me quería vender una casa: "¡Mira las flores en esa terraza! ¡Qué preciosas!, ¿no? ¡Mira el paseo marítimo! ¡Qué grande! ¡Mira ese olivo! ¡Dos mil años! ¡Desde antes de Cristo!". Me acuerdo de que nos acercamos a una tienda en la que vendían cuadros. "Mira esos paisajes", me dijo; "esas mujeres vestidas de negro. ¡Qué belleza!".

A Robson le encantaba Sitges, y Barcelona también. "La catedral, las obras de Gaudí, el paseo de Gracia, Santa María del Mar: wow, wow, wow! ", exclamaba. Descubrí que sentía pasión por el teatro y que incluso de vez en cuando leía novelas. Y que le gustaban otros deportes. Veía rugby, jugaba al golf. Lo curioso es que le quedase energía para el fútbol, deporte del que vivía, pero que además amaba como el más apasionado forofo. Iba a ver partidos en campos ajenos por el puro disfrute de hacerlo, sin que hubiera ningún motivo profesional.

Una noche volvimos a su casa en Sitges a la 1.45 de la mañana. Estaba agotado. Había sido un día largo. El Barça jugaba contra el Madrid en menos de 48 horas. Pero se quedó despierto hasta las 2.25, hora en la que pasaban en televisión los resúmenes de un par de partidos (de poca trascendencia, recuerdo) que se habían disputado esa noche en Inglaterra.

Murió el viernes por la mañana. Desde el lunes había estado en la cama, agonizando. ¿Pero qué hizo el domingo? Fue a un partido. Un partido benéfico, en su honor, para recaudar fondos para la lucha contra el cáncer. Fue en Saint James Park, el estadio del Newcastle, el equipo que iba a ver jugar con su padre cuando era pequeño. La ovación con la que le recibió el público cuando entró en un campo de fútbol por última vez, en una silla de ruedas, combinó afecto, orgullo y admiración. Hay muchas ovaciones en el mundo del fútbol. Pocas han sido tan merecidas como ésa.